25. Volviendo a Jurassic Park

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La ciencia más puntera ha descubierto que el universo tiene una estructura holográfica: todo está interconectado. Si aplicamos este concepto a las líneas de tiempo, podemos deducir que todo lo que ocurrió en la prehistoria se reproduce de forma cíclica. Siguiendo este razonamiento, podríamos afirmar que tal vez no existan grandes diferencias entre el hombre de las cavernas y el ser humano actual, más allá del desarrollo tecnológico. En la prehistoria, los seres humanos enfrentaban dos grandes amenazas: los animales salvajes y las condiciones meteorológicas.

Kabaleb, en sus obras, sostiene que los animales, a nivel simbólico, representan los instintos más básicos. Por lo tanto, no sería descabellado afirmar que hoy en día, en la Tierra, nos enfrentamos a desafíos muy similares a los de antaño, solo que ahora esos grandes saurios se manifiestan como poderosas fuerzas instintivas que se alimentan de la filosofía del «todo vale». Estas energías representan una amenaza para la supervivencia de todos los terrícolas.

En cuanto a los fenómenos climáticos, aunque no son tan extremos como en tiempos prehistóricos, gracias al desarrollo tecnológico, siguen estando vinculados a las emociones y pensamientos de bajo calibre emitidos por los habitantes del planeta. Autores como Gregg Braden destacan la influencia que los seres humanos ejercen sobre los patrones climáticos.

En este contexto, no es sorprendente que una de las súper producciones más exitosas de Hollywood en las últimas décadas haya sido Jurassic Park. En la era de las cavernas, aquellas fuerzas representaban una amenaza para toda la colectividad.

Sin embargo, al estar ahora en otro ciclo, el peligro parece ya no cernirse sobre el colectivo, sino sobre cada individuo en particular. Es evidente la gran cantidad de terrícolas que están desencarnando o que llenan los hospitales con todo tipo de enfermedades.

Siguiendo con las analogías, es interesante observar cómo se produjo la extinción de los grandes saurios. Esta ocurrió en un lapso de cuarenta y ocho horas debido a la caída de un meteorito sobre la Tierra. Al final del Cretácico, hace aproximadamente sesenta y seis millones de años, el impacto de un gigantesco asteroide en Chicxulub, en la costa de México, oscureció los cielos y enfrió el planeta, llevando a la muerte de todos los dinosaurios, a excepción de las aves.

No se trata de juzgar o vilipendiar la manifestación, viralización e incluso normalización de las grandes fuerzas instintivas en la sociedad actual. Estas han permitido conocer al ser humano en todas sus facetas, representando los últimos coletazos de una era —la de Piscis— que se encuentra en sus últimos suspiros.

Kabaleb afirmó en su día que del signo de los pescaditos se podía esperar todo: lo mejor y lo peor. Lo mejor, sin duda, ha sido la manifestación del Cristo, ese gigantesco Avatar que vino a recordarnos nuestra principal misión como humanos: conjugar el verbo amar en todos sus tiempos y acepciones.

Sigamos explorando la analogía entre los diferentes ciclos. Los grandes saurios fueron borrados de la faz del planeta por un gigantesco meteorito. En la psique humana, ¿cuál podría ser ese «meteorito» capaz de pulverizar, en un tiempo récord y de manera casi instantánea, las grandes fuerzas de la oscuridad? El rayo crístico, por supuesto.

Si una masa crítica de personas se propusiera transmutar en amor puro todas las iniquidades, nimiedades y demás residuos piscianos, daríamos un gran salto hacia el próximo hito en nuestro camino evolutivo: la Era Acuariana.

Recordemos el famoso lema: “Piensa en global, actúa en local”.

O aquel otro: “caridad bien entendida…arremángate y manos a la obra”…

Soleika Llop

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