49 La cojera de Edipo: cuando la sociedad amputa el espíritu

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Aún está en los juzgados, pendiente de resolver la muerte en circunstancias poco claras de un conocido empresario en un barranco de montaña en Cataluña. Con las posteriores acusaciones vertidas sobre su entorno familiar. Más allá del recorrido judicial que tome el caso, hay una razón por la que este tipo de tragedias paralizan nuestra atención colectiva: no estamos ante un simple titular de prensa, sino ante la escenificación viva de un mito ancestral que habita en el inconsciente de la humanidad. 

La montaña ha sido históricamente el espacio sagrado donde la tierra busca el cielo, el punto de encuentro entre la materia y el espíritu. Que el suceso ocurriera en las alturas no es un detalle trivial. 

En la mitología griega, fue precisamente en una montaña —el monte Citerón— donde el rey Layo abandonó a su hijo recién nacido tras perforarle los tendones de los pies para impedir que se cumpliera la profecía del oráculo (según la cual su propio hijo le iba a matar). Aquel bebé deformado y marcado para siempre recibió el nombre de Edipo, que significa: el de los pies hinchados

El mito de Edipo: matar al Padre para poseer la madre-materia 

En la interpretación clásica del psicoanálisis, Edipo suele quedar reducido a una pulsión del deseo. Sin embargo, el psicólogo Paul Diel ofreció una lectura infinitamente más profunda: la tragedia de Edipo no es un drama meramente sexual, sino una catástrofe espiritual. 

Para Diel, el padre representa el principio de razón, la autoridad moral, la luz de la conciencia y la conexión con el espíritu. La madre, en cambio, encarna el territorio, la sustancia, la Tierra y la Materia pura. 

Cuando Edipo mata a su padre en un cruce de caminos (sin saber que es su padre) para terminar ocupando el trono y desposando a la madre (sin saber que es su madre), está escenificando la rebelión del ego desmedido, el intento desesperado del ser humano por erradicar la dimensión ética y trascendente (matar al Padre) con el único fin de adueñarse de lo tangible, del patrimonio, del estatus y de los recursos (poseer a la Madre). 

El precio de esta traición al espíritu es el estigma de su propio nombre: la cojera. Edipo intenta caminar por el mundo tras haber cercenado sus propios cimientos morales. Camina tullido porque no se puede avanzar erguido cuando se ha amputado la raíz espiritual. 

Los psiquiatras «cojos» de Boris Cyrulnik 

Esta cojera del alma trasciende los textos antiguos y se cuela en los pasillos de nuestras instituciones modernas. El célebre neuropsiquiatra Boris Cyrulnik cuenta con su habitual ironía socarrona cómo, en sus primeros años de residencia en los asilos psiquiátricos de los años sesenta, se encontró con un panorama desolador. 

Aquella medicina tradicional observaba al paciente mental como un mero engranaje biológico roto, un cuerpo estropeado que debía ser aislado y medicado sin atender a su historia, su palabra o sus afectos. 

Cyrulnik denunciaba con sarcasmo que en aquellos hospitales parecía imperar una regla no escrita: los directivos y demás personal del centro padecían una extraña «cojera» invisible. Eran hombres emocionalmente mutilados, blindados tras la bata blanca y la autoridad técnica, totalmente incapaces de conectar con el sufrimiento humano. 

A Cyrulnik terminaron por arrinconarlo de aquellos espacios porque él no compartía esa misma invalidez; se negaba a cojear con ellos. Aquellos médicos habían matado al padre —desterrando la empatía, el alma y el sentido sutil del ser— para quedarse únicamente con la madre-materia, la pared fría del manicomio, la química pura y la estadística. 

La cojera de la sociedad contemporánea 

Hoy, la coincidencia entre el suceso de la montaña y la metáfora de Cyrulnik nos pone frente a un espejo incómodo. Vivimos en una cultura profundamente edípica y coja. Una sociedad obsesionada con la posesión material y el rendimiento inmediato, que mira con recelo o burla cualquier atisbo de espiritualidad, ética profunda o dimensión trascendente. 

Hemos sustituido la búsqueda de sentido por la acumulación de sustancia. Sin embargo, al despojar a la vida de su código sagrado, la consecuencia es inevitable: nos quedamos lisiados por dentro. Aumenta el vacío, la desconexión afectiva y la violencia arquetípica, porque un ser humano —o un sistema— que camina sobre una sola pierna (la materia) está condenado a tropezar de manera trágica tarde o temprano. 

Curar la cojera de Edipo no exige huir del mundo terrenal, sino restaurar el equilibrio perdido: recordar que la materia cobra verdadero sentido cuando está impregnada de espíritu, y que solo reconociendo nuestro origen sagrado podemos volver a caminar con paso firme hacia la montaña.

Soleika Llop

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