
El famoso humorista catalán Eugenio hilaba muy fino a la hora de describir las incongruencias de la psique humana. En uno de sus míticos chistes, contaba que una mujer mayor fue a confesarse ante el cura de la parroquia:
— Padre, de jovencita un hombre se propasó conmigo…-le confesó la anciana- a lo que el sacerdote, con paciencia, contestó:
— Ya lo sé, abuela, si me lo ha contado usted ya una infinidad de veces. Y ella, con toda la naturalidad del mundo, le replicó:
— Ya, padre… ¡Pero es que me gusta recordarlo, ¿sabe?!
Más allá de la gracia del chiste, la abuela de Eugenio representa una de las trampas más sutiles y dañinas de nuestra mente.
Rememorar hechos traumáticos o dolorosos que pertenecen al pasado es una práctica de la que conviene alejarse por completo. Y no es solo una cuestión de «actitud»; hay una razón biológica y cuántica muy poderosa detrás:
La factura biológica: envenenando el mundo celular: El cerebro no distingue entre lo que está ocurriendo ahora mismo en tu realidad física y lo que estás imaginando o recordando con fuerza.
Cada vez que traes al presente un suceso sombrío, tu cuerpo activa el protocolo de emergencia de la 3D. Empiezas a segregar la misma adrenalina (la que prepara al organismo para huir o luchar bajo estrés) y el mismo cortisol que el momento en que ocurrieron los hechos. No le estás haciendo ningún favor a tu mundo celular; lo estás sometiendo a un desgaste químico innecesario y tóxico.
La factura cuántica: Tampoco le hacemos ningún favor al inconsciente colectivo, al que terminamos embadurnando con frecuencias de bajo perfil. Recordar hechos poco gratos de forma reiterativa indica que no se ha producido la verdadera toma de conciencia. Seguimos atrapados en el mismo patrón.
En física, un agujero negroactúa como una aspiradora cósmica que absorbe y engulle todo lo que cruza su horizonte de sucesos. A nivel psicológico ocurre exactamente igual: El suceso del pasado que tanto te incordia se convierte en un agujero negro mental. Puede acabar atrayendo y devorando la mayoría de tus pensamientos cotidianos. Todo va a parar al mismo saco, creando un bucle adictivo para el ego.
¿Cómo levantar el vuelo? Cuando el bucle está tan consolidado que se ha convertido en un abismo profundo, la mente racional activa la «parálisis del análisis» y es muy difícil salir de ahí por cuenta propia. Es en ese punto donde la Alquimia Genéticase vuelve indispensable: para reprogramar la información de la memoria celular y limpiar los canales de percepción, muchas veces necesitamos una mano amiga —un terapeuta— que nos tienda una cuerda firme desde el exterior.
Es preferible no aventurarse por esos parajes. La próxima vez que te sorprendas a ti mismo recreando un viejo dolor, acuérdate de la abuela del chiste… ¡y cambia de canal!
Soleika Llop